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miércoles, 22 de abril de 2015

Piruetas para la virgen!


Cuenta una bellísima leyenda francesa del siglo XII que un acróbata y payaso, hastiado de recorrer el mundo, llegó a la abadía de los monjes de Claraval con la intención de recogerse allí y dedicarse por entero al servicio de Dios. Muy pronto, sin embargo, cayó en la cuenta de que no estaba preparado para vivir la
vida de los monjes. No sabía leer ni escribir, era muy torpe para los trabajos manuales y los ratos de oración se le hacían interminables. A medida que pasaban los días, se veía cada vez más deprimido, como si un manto de tristeza cubriera su alma.

Una mañana muy temprano, mientras los monjes estaban en oración, el payaso acróbata se puso a vagar por la abadía y llegó a la cripta de la iglesia, donde descubrió una imagen de la virgen sentada en su trono. El payaso observó con atención su rostro cariñoso y sintió que no había hecho nada en su vida para
demostrarle a la virgen su amor de hijo. Como lo único que sabía hacer bien era brincar y bailar, se despojó de su pesado hábito y empezó a ejercitar para la virgen sus mejores saltos, muecas y cabriolas, mientras le rogaba que aceptara su actuación como prueba de su amor.

Desde ese día, mientras los demás monjes se entregaban a sus oraciones, el payaso bailaba, brincaba y ejercitaba sus mejores actos con toda devoción para la virgencita de la cripta. Un día, lo sorprendió un monje haciendo sus payasadas y brincos y, muy escandalizado, corrió a contárselo al abad. Bajaron los dos en silencio a la cripta y, ocultos detrás de una columna, presenciaron atónitos la actuación del acróbata hasta que cayó exhausto sobre el piso. Entonces, apenas pudieron creer lo que vieron sus ojos: la virgen se levantó de su trono, enjugó la frente sudada del payaso y depositó en ella un largo beso de agradecimiento y
amor.

Y tú? Que haces con tus mejores talentos? Los pones al servicio de Dios y de su Iglesia? Los ofreces como oración de alabanza? Así, toda nuestra vida puede ser una obra de arte para el Creador si se la ofrecemos! Podemos tocar la mejor melodía de alabanza que se le pueda dedicar solo con nuestras obras! Animo!

martes, 21 de abril de 2015

Las manos más hermosas


Cuenta una leyenda que hace muchos años vivían tres hermosas princesas en un palacio real. Una mañana, mientras paseaban por el maravilloso jardín con sus fuentes y rosales, empezaron a preguntarse cuál de las tres tenía las manos más hermosas. Elena, que se había teñido los dedos de rojo agarrando unas fresas, aseguraba que las suyas eran las más hermosas. Antonieta, que había estado entre las rosas y sus manos habían quedado impregnadas de perfume, no tenía la menor duda de que las suyas eran las más bellas. Juana había metido los dedos en el arroyo cristalino y las gotas de agua brillaban como diamantes. También ella estaba convencida de que sus manos eran las más hermosas.

En esos momentos, llegó una muchacha menesterosa que les pidió una limosna. Las princesas, al ver su aspecto sucio y lamentable, pusieron cara de asco y se fueron de allí. La mendiga pasó a una cabaña que se hallaba cerca donde una mujer tostada por el sol y de manos toscas y manchadas por el trabajo, le dio un pan.

Cuenta la leyenda, que la mendiga se transformó en un ángel que apareció en la puerta del jardín y les dijo a las princesas:

-Las manos más hermosas son aquellas que están dispuestas a bendecir y ayudar a sus semejantes.

¿Y tus manos? ¿Como están? Son hermosas por servir a los demás como Dios mismo les serviría? Dios nos llama a amar y servir a los demás como nos gustaría que lo hicieran los demás con nosotros. Este es el secreto de la santidad: Amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo.

martes, 7 de abril de 2015

El hombre solitario


Había una vez un hombre, que vivía triste y solitario en una cabaña muy pobre. Tenía tierras inmensas de su propiedad, pero solamente vivía al día de la pesca y de la caza. Un día perdió su red y su escopeta y, como no podía pescar ni cazar, apenas si podía sobrevivir por algunos días. Entonces tomó una importante decisión para el resto de su vida. Decidió salir de su soledad, de sus tierras, donde siempre había vivido solo, e ir a buscar ayuda a la gran ciudad, a la capital del Reino. Allí se fue a buscar al Rey para contratar un ayudante para cultivar sus tierras. El Rey le concedió, no un obrero cualquiera, sino a uno de sus mejores empleados, un joven inteligente, bueno y preparado, y no sólo por unos días, sino para el resto de su vida.

Este joven le enseñó a criar peces en los estanques propios, le enseñó la cría de animales domésticos y el cultivo de la tierra. Con su ayuda construyeron una casa mejor y empezaron a prosperar. Ya tenían la vida asegurada y demasiada comida para ellos solos en frutos de la tierra, animales y peces. Entonces decidieron ir a buscar gente pobre para compartir con ellos tantos bienes que poseían. El joven salió a los caminos y ciudades vecinas y llamó a todos los que encontró para que fueran a recibir alimentos. Muchos pobres fueron, recibieron ayuda y se fueron, pero otros quisieron quedarse para siempre y construyeron sus casitas a su lado y empezó así a surgir una gran ciudad. Todos se constituyeron en siervos y empleados del hombre rico, al que construyeron un magnífico palacio y al que cultivaban sus tierras y cuidaban sus animales.

Y aquel hombre, antes triste, huraño y solitario, ahora era inmensamente feliz de poder ayudar a tanta gente pobre, a quienes consideraba como hermanos y amigos. Cuando murió su fama se extendía hasta los confines del mundo y de todas partes vinieron a honrar su memoria. En su tumba colocaron esta inscripción: “Aquí yace un hombre que supo vivir y ser feliz, porque supo recibir ayuda y ayudar a los demás”.

Esta es la parábola. El hombre solitario y triste puedes ser tú, aunque tengas inmensas cualidades recibidas de Dios. El joven bueno e inteligente que te ayuda es tu ángel custodio. Él te va a dirigir por el camino del bien y te va a enseñar a hace fructificar las cualidades que has recibido. Él te va a enseñar a compartir tus riquezas materiales y, sobre todo, espirituales con tantos hermanos necesitados de la tierra y del purgatorio. Los que reciben ayuda y se van son los egoístas y desagradecidos que no quieren prosperar. Los buenos se quedan y prosperan a la sombra de este hombre, que llega a ser santo y tiene infinidad de hijos espirituales (sus siervos y siervas, que se quedan a ayudarlo). Su fama al morir se extiende hasta los últimos confines del mundo, pues de todas partes lo invocarán y le pedirán ayuda después de su muerte. ¡Aprende a dejarte ayudar de tu ángel custodio y de tus hermanos mayores del cielo para llegar a la santidad!

Tomado del libro: Comunión de los Santos, de Ángel Peña

lunes, 6 de abril de 2015

Parábola del niño pobre

Había una vez un niño pobre, sin estudios, que no había conocido a sus padres e iba por el mundo mendigando un poco de pan para vivir. La mayoría de la gente le despreciaba y nadie se preocupaba por él. Un día fue a pedir limosna a casa de un hombre muy rico, un Rey poderoso que tenía muchos hijos, siervos y muchas posesiones. El Rey tuvo misericordia de él y lo adoptó como hijo. La Reina lo cuidó y lo llenó de amor. Fue encomendado para su educación a un gran Maestro, de manera que poco a poco, con el tiempo, llegó a ser un hombre grande y poderoso en su Reino. Vivía feliz y, como era bueno, todos los pobres y enfermos, ancianos y necesitados acudían a él para pedir ayuda. Y el Rey le nombró administrador de sus bienes para los pobres. Se hizo muy amigo del hijo primogénito del Rey, el príncipe heredero, y amaba con cariño a todos los siervos y siervas del Rey. Cuando murió lo enterraron en un gran mausoleo a donde acudían a visitarlo los pobres y necesitados, a quienes tanto había ayudado y para quienes era un ejemplo, cuyo recuerdo los animaba en el camino del deber y del amor agradecido a su Rey y Señor.

Hermano, tú puedes ser ese niño. Tu eres un hijo adoptivo de Dios. Dios es el Rey, su Hijo heredero es Jesús, el Espíritu Santo es el gran Maestro que te educa, María es la Reina que te cuida y te llena de su amor, los hijos del Rey son los Santos, los ángeles son sus siervos y siervas, los pobres y necesitados son las Almas del Purgatorio y los hombres de la Tierra. Y tú puedes llegar a ser santo e hijo de Dios. Dios no necesita de tus méritos, porque te ama infinitamente y ya te ha adoptado como hijo. Él espera de ti que le ayudes a salvar a tus hermanos y les distribuyas sus bienes, que Jesús nos ganó en la Cruz, y que ayudes también a los que esperan en el purgatorio. Tú puedes ser un ejemplo para las generaciones venideras. Tú puedes ser un buen administrador de los tesoros de Dios. Tú puedes ser un gran hombre a los ojos de Dios. Basta que te hagas como niño y te dejes ayudar. María te ama y te llenará de su amor y tus hermanos mayores están dispuestos a ayudarte si tú se lo pides. ¡Ojalá lo consigas!

Tomado del Libro: La comunión de los Santos, Ángel Peña

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