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viernes, 4 de septiembre de 2015

La noche de San Bartolomé



Fue una noche trágica en que los católicos mataron muchos protestantes. Veamos los hechos. El 18 de agosto de 1572 se celebraron en París las bodas entre Margarita y Enrique de Borbón, que era calvinista y sucesor al trono de Francia. Los católicos de París no vieron esta boda con buenos ojos, porque veían que el futuro rey podía ser un protestante. Con motivo de la boda asistieron varios miembros de la aristocracia calvinista que despreciaban abiertamente las supersticiones papistas de los católicos.

Entonces, Catalina de Médicis, la madre del rey Carlos IX, a quien veía muy influenciado por las ideas de su Almirante protestante Coligny, planeó la muerte de éste, enviando un sicario para matarlo. Solamente quedó herido, pero el revuelo que se hizo fue enorme. Los príncipes protestantes amenazaron tomar las armas, si el rey no hacía justicia. Entonces, Catalina acudió al duque de Guisa, jefe de los católicos, porque temía que destronaran a su hijo y los protestantes, levantados en armas, ocasionaran tantos estragos como en años pasados en que habían matado en otros lugares de Francia a cientos de sacerdotes y quemado muchas iglesias.

Muchos historiadores creen que el peligro de destronar al rey era real, pues los príncipes calvinistas estaban bien armados y tenían el apoyo de muchos otros en la misma Francia y en el extranjero. Entonces, Catalina le convenció al rey de que tomara alguna acción eficaz para controlar la situación. El rey mando cerrar las puertas de la ciudad y ordenó eliminar a los príncipes protestantes que estaban en París, incluyendo a Coligny. La disposición estaba limitada a los jefes según una lista establecida, pero la situación escapó de control y la gente se lanzó a la calle a matar a todos los hugonotes. Aquella noche de san Bartolomé, entre el 23 y 24 de agosto de 1572, mataron en París a 2.000 protestantes.

En provincias, donde también se había dado la misma orden de matar a los jefes protestantes y donde más estragos habían cometido, la gente se desbordó y afirman que serían 5.000 muertos. El rey Carlos IX y su madre Catalina enviaron un mensaje al Papa, afirmando que habían ganado una victoria contra los que habían organizado un golpe de Estado. El Papa Gregorio XIII creyó que había sido en legítima defensa y mandó que se cantara un Tedéum en agradecimiento, lo cual fue muy criticado por los historiadores protestantes.

Pero debemos aclarar que en todo el asunto no tuvo nada que ver la Iglesia ni las autoridades eclesiásticas. Todo fue una cuestión política y ningún sacerdote participó en la masacre. Sin embargo, debemos anotar que esta noche tuvo un anticipo en la noche de san Miguel o Miguelada, en la que, en 1567, durante la fiesta de san Miguel, y en 1569 en Nimes, los protestantes cerraron las puertas de la ciudad, masacraron 500 católicos y devastaron todas las iglesias, quemando en una hoguera todos los cuadros, archivos y objetos litúrgicos.

El gran historiador Ludwig von Pastor afirma que hay que tener en cuenta que en aquellas circunstancias todos los católicos estaban amenazados, desde el simple católico al Papa. Después de los turcos, la Iglesia no tenía enemigos más sanguinarios que los calvinistas, como lo habían demostrado ya en muchas ocasiones en Francia y en los Países Bajos. Cuando obtenían el poder, automáticamente despojaban a los católicos de sus bienes, incendiaban las iglesias, profanaban tumbas, arrojaban las hostias consagradas a los caballos y las pisaban con los pies, violaban monjas y mataban a los sacerdotes y religiosos; muchas veces, con torturas inimaginables, sepultándolos o quemándolos vivos.

En Béarne, cerca de Saint-Sever, los calvinistas habían arrojado a un precipicio 200 sacerdotes. Si hubiera triunfado Coligny, se hubiera acabado la fe en Francia y Países Bajos, y miles de sacerdotes hubieran sido masacrados. Y, después de apoderarse de Francia y Países Bajos, habrían atacado Italia y los Estados Pontificios. Ya Lutero, en su escrito Contra el papado fundado en Roma por el diablo había exhortado a atacar con las armas al Papa. En 1569 Orange afirmaba: Nosotros combatimos contra el demonio, o sea, contra el Anticristo romano (34).

34 
Messori Vittori, Emporio Cattolico, o.c., pp. 157-163.

Tomado del libro: EL coraje de ser católico, del Padre Ángel Peña

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Los judíos


Otro tema que suele sacarse a relucir contra la Iglesia es el de los judíos. Después de la revolución francesa, muchos judíos se hicieron riquísimos al comprar a precios módicos las riquezas robadas a la Iglesia. Cien años después de la revolución francesa, el Estado francés calculaba que la familia de banqueros Rothschild poseía cuatro mil millones de francos. Y los 80.000 judíos franceses poseían unos 90 mil millones de francos en conjunto. Muchos judíos habían seguido a los ejércitos de Napoleón para comprar a los soldados las riquezas que saqueaban a los vencidos. Así se enriquecían.

En un principio, Napoleón quiso ganarse la estima de los judíos y se propuso resucitar el gran Sanedrín, que no se reunía desde la destrucción del templo de Jerusalén el año 70. A su invitación, acudieron 71 rabinos y laicos el 31 de enero de l807 a la iglesia desconsagrada de san Juan de París. El 5 de febrero tomó la palabra el rabino de Niza, Jacob Avigdor, uno de los delegados de mayor prestigio, y según afirma el historiador francés Francois Piétri: En su alocución dio gracias a la Iglesia católica por la protección que nunca ha cesado para con los judíos perseguidos. Y enumeró una larga lista de Padres y Papas que han tratado con humanidad y han hospedado a los israelitas expulsados y atormentados por el poder civil de casi todos los Estados de Europa. Y recordó que el único lugar donde el pueblo elegido nunca fue expulsado fue de los Estados Pontificios. Al final de su discurso, exhortó a todos a dar una voz de gratitud a la Iglesia de Roma por los beneficios recibidos del clero católico hacia los judíos. La moción fue votada y fue aprobada por unanimidad.
Y recordemos que este homenaje fue una iniciativa libre y espontanea que hasta sorprendió a Napoleón que estaba en ese momento en Berlín (27). Se ha hablado mucho de la responsabilidad del Papa Pío XII en la segunda guerra mundial. Algunos le han achacado hasta de ser favorable al nazismo, cosa totalmente absurda, pero sí le han echado en cara no haber hablado claro contra las masacres realizadas por los nazis contra de judíos, como si él fuera responsable de su muerte en gran parte. Pero veamos lo que dice el famoso historiador Renato Moro: Entre el otoño de 1939 y la primavera de 1940, el Papa en persona aceptó hacer de intermediario entre los ingleses y los militares alemanes que conspiraban contra el nazismo. Un grupo de generales estaba proyectando un golpe de Estado para deponer a Hitler.

Los conspiradores querían el retorno de Alemania a una democracia moderada y conservadora. Sin embargo, antes de actuar necesitaban la garantía inglesa de que las democracias occidentales no intentarían imponer a Alemania una paz wilsoniana (a toda costa). El Papa tendría que proporcionar estas garantías. Para el Papa se trataba de algo sumamente arriesgado, pues podía verse implicado en una conspiración que podía poner en grave peligro la vida católica en Alemania, Austria, Polonia, e incluso en Italia. Se trataba de un hecho desconcertante en la historia del Papado. El Papa fue consciente de ello y aceptó decidiendo mantener al margen a los responsables oficiales de la política de la Santa Sede, es decir, la Secretaría de Estado... Pero, poco a poco, la iniciativa diplomática se desinfló, convirtiéndose en una desilusión para Pio XII (28). El 20 de julio de 1942, una carta pastoral de los obispos de Holanda fue leída en todas las iglesias, donde se condenaba el despiadado e injusto trato reservado a los judíos. La respuesta de los nazis fue contundente: deportación de todos los católicos hebreos. Unos 40.000 fueron llevados a los campos de exterminio. Este hecho le hizo ser cauto al Papa, pues esa protesta de los obispos había costado la vida a 40.000 personas. Si él denunciaba abiertamente al régimen nazi, podían morir muchos más. Alguien le ha achacado al Papa Pío XII falta de valentía por su supuesto silencio, pero ¿acaso el Papa tenía conocimiento sobre el exterminio judío en toda su magnitud? De hecho, los países aliados, si lo sabían, no hablaron de ello, quizás por miedo a aceptar a miles de refugiados judíos en sus propios países.

En 1940 el Congreso norteamericano había rechazado abrir a los judíos prófugos de Alemania las puertas de Alaska, y en 1941 rechazó la mediación sueca pare acoger 20.000 niños judíos de Europa. Los americanos reenviaron a Europa un barco, el Saint Louis, con 930 prófugos judíos. En Inglaterra, los 30.000 judíos alemanes inmigrados en 1939, fueron internados como enemigos extranjeros y la Cámara rechazó la propuesta del arzobispo de Canterbury de acogerlos. Sólo recibieron unos pocos, de acuerdo a sus rígidas cuotas (29). Muchos historiadores parecen haber olvidado que en 1943 fue publicada por los jefes aliados (Churchill, Roosevelt, Stalin) la llamada Declaración de Moscú sobre los crímenes nazis y entre los crímenes denunciados no se habla y ni siquiera se alude a la persecución contra los judíos. La Cruz Roja internacional y países neutrales como Suecia y Suiza tampoco hablaron… ¿Acaso si el Papa hubiera condenado más enérgicamente los atropellos nazis de haberlos conocido, los hubieran dejado de realizar?
El secretario del Papa, Robert Leiber, manifestó claramente después de la guerra que Pío XII no conocía la realidad de los hechos con relación al Holocausto y que no era cierto que poseyera material informativo absolutamente fiable y cuya fiabilidad considerase personalmente incontestable (30). El Papa no permaneció impasible ante el drama de los judíos perseguidos. Cuando los alemanes entraron en Roma el 10 de setiembre de 1943, exigieron al rabino Eugenio Zolli (después convertido a la fe católica) que entregara 50 kilos de oro. Reunieron 35 y el Papa les garantizó los otros 15 que faltaban y que después no fueron necesarios. Además, dio orden de que en todos los conventos se recibieran judíos para evitar su arresto. Sólo en Roma, en 155 conventos, dieron asilo a cerca de 50.000 judíos. Unos 30.000 encontraron refugio en la residencia veraniega papal de Castelgandolfo. Y varios centenares vivieron en el mismo Vaticano. En total 85.000 judíos italianos fueron salvados por la acción directa de la Iglesia católica.

Según el judío Pinchas Lapide, que entrevistó a judíos sobrevivientes, en su libro Three popes and the jews afirma que Pío XII contribuyó sustancialmente a salvar 700.000 judíos, y tal vez 860.000, de manos de los nazis. Y afirma: La Iglesia católica salvó más judíos durante la guerra que todas las demás iglesias, instituciones religiosas u organizaciones juntas. Esto en contraste con lo conseguido por la Cruz Roja o las democracias occidentales (31).

Después de la guerra, León Kubowitzky, secretario general del Congreso judío mundial, agradeció personalmente al Papa sus intervenciones y donó 20.000 dólares al Óbolo de san Pedro como signo de reconocimiento por la obra desarrollada por la Santa Sede, salvando a los judíos de las persecuciones fascistas y nazis. El más ilustre de los judíos, el famoso físico Albert Einstein, escribió en Time Magazine del 23 de setiembre de 1940: Las universidades como los periódicos fueron reducidos al silencio en pocas semanas. Sólo la Iglesia católica permaneció sólidamente firme e hizo frente a la campaña de Hitler que suprimía la verdad. Yo no he tenido ningún interés en la Iglesia, pero ahora tengo un gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido el coraje y la constancia de defender la verdad intelectual y la verdad moral. Yo debo confesar que lo que alguna vez he despreciado, ahora lo debo elogiar sin reservas.

De hecho, al final de la guerra, los sobrevivientes y los primeros historiadores celebraron con unanimidad la solidaridad de la Iglesia y de Pío XII con los judíos y su resistencia al nazismo (32). En abril de 1986, el Papa Juan Pablo II entró en la sinagoga de Roma, siendo recibido por el rabino Elio Toaff quién dijo en una entrevista al diario La República: No podré olvidar nunca quién me salvo la vida, cuando era rabino de Ancona. Habitaba a cien metros de la iglesia católica, donde había un sacerdote, Don Bernardino, con el cual hice amistad. A veces, conversábamos y paseábamos juntos. Una mañana, mientras volvía a mi casa del templo, fue a mi encuentro y me dijo que en la casa me estaban esperando los alemanes y me llevó a la sacristía, donde me escondió, ayudándome a salvarme. El mismo Toaff, en su libro Los hebreos salvados por Pío XII, habla de otro sacerdote, Don Francalacci, que escondió y salvó a sus padres, a su esposa e hijos, que se habían refugiado en Pietrasanta. Toda su familia fue salvada por sacerdotes. Por eso, cuando murió el Papa Pío XII, escribió en los diarios italianos el 11 de octubre de 1958: Más que cualquier otro, nosotros los hebreos italianos hemos tenido la suerte de beneficiarnos con la gran caridad y bondad del Pontífice durante los años de la persecución y del terror, cuando parecía que no había esperanza para nosotros.

El 28 de abril de 1964, cuando algunos comenzaron a criticar a Pío XII, el mismo Toaff declaró: La Comunidad israelita de Roma donde está siempre viva la gratitud por lo que la Santa Sede ha hecho a favor de los hebreos romanos, nos ha autorizado para decir, de modo explícito, que cuanto ha sido realizado por el clero, por los Institutos religiosos y las asociaciones católicas para proteger a los perseguidos no puede haber sucedido sino con la aprobación del mismo Pío XII (33).

27
Messori Vittorio, Emporio Cattolico, Ed. Sugarco, Milano, 2006, p. 114.
28
Moro Renato, La Iglesia y el exterminio de los judíos, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao, 2004, p. 134.
29
Messori Vittorio, Uomini, storia e fede, Ed. SB saggi, Milano, 2001, p. 231.
30
Moro Renato, o.c., p. 151.
31
Frederik W. Marks, A brief for belief, Ed. Queenship, Golea, California, 1999, p. 69.
32
Moro Renato, o.c., p.36.
33
Messori Vittorio, Emporio cattolico, o.c., pp. 48-50.

Tomado del libro: El coraje de ser católico, del Padre Ángel Peña

Para más información lea:

https://apologia21.wordpress.com/2013/02/20/pio-xii-el-papa-de-hitler-santo-o-demonio/

martes, 1 de septiembre de 2015

Las cruzadas



Éste es otro tema que siempre sacan a relucir contra la Iglesia, como si hubiera fomentado la violencia contra los pacíficos musulmanes. Pero nada más lejos de la realidad. Como dice el historiador medieval Franco Cardini en un artículo aparecido en el periódico italiano Avvenire, titulado Cruzadas, no guerras de religión, las Cruzadas no fueron guerras para suprimir a los infieles o convertirlos a la fuerza, aunque los excesos y violencias que existieron no se justifiquen. Hay que recordar que los musulmanes destruyeron toda huella cristiana de Jerusalén entre el año 1009 y 1020. Los cristianos fueron perseguidos y sus casas saqueadas. Poco a poco, fueron cayendo las principales sedes cristianas de Oriente. Las Cruzadas comenzaron con el deseo de conquistar los santos lugares de Palestina. Este deseo fue concretado en el concilio de Clermont en 1095 con el apoyo del Papa Urbano II, que fue el promotor de la primera Cruzada, la cual tuvo como resultado la conquista de Jerusalén el 15 de julio de 1099 por Godofredo de Bouillon. Durante 100 años, los cristianos estuvieron en Jerusalén hasta que fueron expulsados. Intentaron reconquistarla, pero sin éxito. Según el historiador norteamericano Thomas Madden, hay muchos mitos sobre las Cruzadas. Así lo explica en su libro A concise history of the crusades. Uno de los mitos es creer que fueron guerras de agresión contra un mundo musulmán pacifico. Esta es una afirmación equivocada, pues los musulmanes, desde los tiempos de Mahoma, intentaron conquistar el mundo cristiano. En el siglo XI ya habían conquistado dos terceras partes del mundo cristiano (Palestina, Egipto, Asia Menor, Norte de África, España…).

Vittorio Messori dice: En 1453, tras siete años de asedio capitula y es islamizada la misma Constantinopla, la segunda Roma. El rodillo islámico alcanza los Balcanes y, como por milagro, es detenido y obligado o retroceder ante los muros de Viena. Todavía hoy, ¿qué país musulmán reconoce a los otros, que no sean los suyos, los derechos civiles o la libertad de culto? ¿Quién se indigna ante el genocidio de los armenios ayer o de los sudaneses de hoy? Un simple repaso a la historia, incluso en sus líneas generales, confirma una verdad evidente: una cristiandad en continua postura defensiva respecto a una agresión musulmana, desde los inicios hasta hoy… ¿Deberán ser quizás los católicos quienes se hagan perdonar por aquel acto de autodefensa, por aquel intento de tener al menos abierta la vía de la peregrinación a los lugares de Jesús, que fue el ciclo de las Cruzadas? (25).

Otro famoso historiador de la academia francesa, René Grousset, afirma: La caída de Constantinopla de 1453 estuvo a punto de haber tenido lugar en 1090 y por causa de las Cruzadas fue retrasada tres siglos y medio (26). Pero recordemos algunos otros hechos entre cristianos y musulmanes. Los turcos musulmanes durante siglos, hasta la mitad del siglo XIX, raptaban un niño de cada familia cristiana y lo transformaban en un musulmán fanático y lo hacían un soldado de élite, los sanguinarios jenízaros, una de las tropas más perversas que han existido y que daba a los sultanes la satisfacción de masacrar a los cristianos, sirviéndose de sus propios hijos. Los turcos entre 1915 y 1917 masacraron a millón y medio de armenios cristianos.

En el Islam existe la esclavitud, aunque según Mahoma se puede suavizar sin suprimirla. En el Islam el adulterio es castigado con la pena de muerte, pero sólo para la mujer, no para el hombre. La homosexualidad es condenada, pero casi siempre a un nivel sólo teórico. En realidad, es practicada sin sentido de culpa, de modo que los países árabes son la meca para los gays del mundo. Prohíben beber vino, pero aceptan beber toda la cerveza que quieran, aunque tenga más grados que el vino…, y lo mismo tener todas las concubinas que la situación económica les permita mantener.

El fanatismo de los talibanes del siglo XX llevó a dinamitar las más grandes y más antiguas estatuas del mundo, que estaban talladas en piedra en una montaña y representaban a Buda. Siguiendo la misma lógica, los árabes de Egipto quemaron en el siglo VII la biblioteca de Alejandría con sus 400.000 volúmenes, diciendo: Si estos libros son contrarios al Corán, son dañinos y, si son favorables, son inútiles.

Cuando los turistas visitan las grandes mezquitas o la Alhambra de Granada, el palacio construido para los placeres de los emires musulmanes, no saben que han sido erigidas con los impuestos y sacrificios de los cristianos. En los territorios musulmanes, las humillaciones que sufrían los cristianos incluían la exclusión de todo tipo de cargo social, reservados solamente a los musulmanes. Si un cristiano (y esto ocurre incluso en la actualidad) se enamoraba de una mujer musulmana, debía convertirse para poder casarse con ella. Pero el musulmán que se enamoraba de una cristiana, la transformaba automáticamente en compañera de fe. El convertido que abjure de su fe musulmana o quien intente convertir a la fe cristiana a un musulmán tiene penas muy graves, incluso la muerte en algunos países musulmanes como Sudán, Egipto o Arabia Saudita. En Arabia Saudita no se permite ni una capilla a los cristianos.

En este mismo país hay una policía moral para controlar la vida privada de la gente y aplica sanciones desde flagelaciones, mutilaciones y lapidaciones hasta la pena de muerte por cuestiones de fe. Entre 1975 y 1995, el 40% de los cristianos del Líbano tuvieron que huir de su país, porque les hacían la vida imposible. Los países cristianos les conceden permiso para edificar sus mezquitas, pero ellos no permiten iglesias cristianas en sus propios países.

En algunos países imponen la Sharia o ley musulmana, para todos sin excepción. A Salman Rushdie le “impusieron” la pena de muerte. La causa fue la publicación de un libro en el que decía frases no correctas del profeta Mahoma. Algo parecido le ha sucedido a Jean Claude Barrau por su obra De L'islam en general et du monde moderne en particulier (Del Islam en general y del mundo moderno en particular). Los musulmanes franceses en particular quieren matarlo. Y lo mismo podemos decir cuando se han publicado viñetas irreverentes contra el profeta Mahoma o frases no de su agrado como las del Papa Benedicto XVI…

Hace unos años, el cardenal Pappalardo regaló a los musulmanes tunecinos residentes en Palermo, una iglesia del 1700 en desuso como acto de fraternidad. Los periódicos católicos elogiaron el gesto como un acto de buena voluntad. Dos días después, los periódicos tunecinos escribían en primera página: Victoria del Islam sobre el cristianismo, el cardenal de Palermo ha sido obligado a transformar una iglesia en mezquita. Es decir, un gesto de buena voluntad, lo interpretaron como una victoria de su religión.

Otro caso. Sobre la mezquita del barrio milanés de Lambrate se instaló la medialuna musulmana. Gongola, el director del centro islámico, dijo: Es un hecho histórico después de mil cuatrocientos años del Islam que, por primera vez, la señal de Alá, el verdadero Dios, y de Mahoma, el verdadero profeta, se levanta en el cielo de la Italia septentrional.

Camille Eid, un periodista libanés, cristiano maronita, se quedó estupefacto, cuando un grupo islámico fue invitado en una misa de Pentecostés a hacer una oración. Ellos recitaron unos versos del Corán contra los cristianos.

Por todo esto, podemos preguntar: ¿Son realmente tolerantes los musulmanes, hablando en general? ¿Puede Dios aceptar que se mate en su nombre como hacen los terroristas islámicos? ¿Pueden seguir siendo masacrados los cristianos del Sudán impunemente? ¿Se puede aceptar que en ciertos países los musulmanes acepten normalmente todavía la esclavitud? ¿Y todavía algunos hablan de las Cruzadas como guerras de agresión contra los pacíficos musulmanes?

25
Puede leerse en internet www.conoze.com
26
Grousset René, La epopeya de las cruzadas, Ed. Palabra, Madrid, 2002, p. 17.

Tomado del libro: El coraje de ser católico, del Padre Ángel Peña

jueves, 27 de agosto de 2015

Galileo


(22)

Otro caso que siempre sale a relucir es el de Galileo (1564-1642). La mayor parte de la gente sólo conoce las cosas de oídas y hasta creen que fue condenado a la hoguera o poco menos. Pero Galileo nunca fue condenado a muerte ni a prisión ni fue torturado. Solamente fue obligado a no presentar como segura su teoría heliocéntrica (la tierra da vueltas alrededor del sol), sino como una hipótesis. Galileo estaba convencido de que la tierra daba vueltas alrededor del sol, algo que había aprendido del eclesiástico polaco Copérnico (1473-1543). Pero no supo dar pruebas convincentes y la única prueba que dio sobre las mareas oceánicas estaba totalmente equivocada. Decía que la mareas eran provocadas por la sacudida de las aguas a causa del movimiento de la tierra y sabemos que eso se debe a la atracción de la luna.

El cardenal Roberto Belarmino le informó en 1616 que podía defender su opinión, pero sólo como una hipótesis (23). Pero, a pesar de las recomendaciones del cardenal Belarmino, en 1632, escribió su Diálogo sobre los grandes sistemas del mundo en el que hizo caso omiso del compromiso de presentar su opinión copernicana como hipótesis y, entonces, intervino la Inquisición y lo juzgó.

El 22 de junio de 1633 tuvo que escuchar la sentencia y debió abjurar de su teoría, que algunos jueces suponían que iba contra la Biblia. Se prohibieron sus libros y fueron incluidos en el Índice. Pero Galileo no perdió la amistad de obispos ni científicos, aunque el juicio fue una humillación y un sufrimiento que la Iglesia ha lamentado durante siglos. Fue una decisión del Tribunal de la inquisición y, por tanto, no fue un dogma de fe. En 1741, cuando se demostró la verdad de su teoría, se dio permiso para publicar sus obras con autorización de la Inquisición. Pero observemos que Galileo murió en su casa a los 78 años como buen católico. Su error fue presentar su teoría como verdad absoluta sin dar pruebas; y el error de los jueces del tribunal de la Inquisición fue rechazarla, basándose, entre otros, en argumentos bíblicos, que no eran científicos. Pero en este caso nunca hubo intervención del Papa para definir una verdad como infalible. Además, aunque el Papa hubiera querido definir esa cuestión, no tenía ninguna autoridad sobre temas científicos. Sólo puede definir sobre verdades de fe y costumbres. El Papa Juan Pablo II en 1981 nombró una Comisión integrada por los mejores especialistas, no sólo católicos, para tratar a fondo el tema de Galileo. Con este motivo se abrieron a los estudiosos los archivos secretos del Vaticano. Esta Comisión terminó sus estudios en 1992 y el 31 de octubre de ese año, e1 cardenal Poupard, presidente de la Comisión, hizo un resumen de los trabajos realizados, diciendo: En esa coyuntura histórico-cultural muy alejada de la nuestra, los jueces de Galileo, incapaces de disociar la fe de una cosmología milenaria, creyeron equivocadamente que la adopción de la revolución copernicana, que por lo demás todavía no había sido probada definitivamente, podía quebrar la tradición católica y que era su deber prohibir su enseñanza. Este error subjetivo de juicio, tan claro para nosotros hoy día, les condujo a una medida disciplinaria a causa de la cual Galileo debió sufrir mucho. Es preciso reconocer lealmente estos errores.

Por su parte, el Papa en su intervención afirmó: El caso Galileo era el símbolo del pretendido rechazo del progreso científico por parte de la Iglesia o bien del oscurantismo dogmático opuesto a la búsqueda de la verdad. Una trágica incomprensión recíproca ha sido interpretada como el reflejo de la oposición constitutiva entre ciencia y fe. Las aclaraciones aportadas por los pacientes estudios históricos nos permiten afirmar que ese doloroso malentendido pertenece ya al pasado (24).

22
Artigas Mariano y Melchor Sánchez de Toca, Galileo y el Vaticano, Ed. BAC, Madrid, 2008.
23
A Favaro, Opere di Galileo Galilei, XIX, Ed. Barbera, Florencia, 1968, p. 339.
24
L'Osservatore Romano del 1 de noviembre de 1992.

Tomado del libro: El coraje de ser católico, del Padre Ángel Peña

martes, 7 de julio de 2015

La evangelización de América


Se sabe que los aztecas hacían continuas guerras para tener esclavos que sacrificar a sus dioses. En 1485 habían sacrificados al Dios Hvitzilopoctli más de 84.000 indios (12). El obispo de México Fray Juan de Zumárraga, un hombre prudente y honesto, afirma en una carta de 1531, dirigida al capítulo franciscano de Tolosa que los indios tenían la costumbre de sacrificar 20.000 hombres cada año (13). Igualmente el historiador Alfonso Trueba dice: En el imperio azteca se sacrificaban veinte mil hombres al año (14).

Por otra parte, los aztecas practicaban la poligamia. El emperador Moctezuma tenía en su palacio mil mujeres y algunos afirman que tres mil entre señoras, criadas y esclavas (15).

En cuanto a los incas, cuando Pizarro llego al Perú, los incas acababan de matar a 20.000 miembros de tribus rivales (16). Los incas practicaban sacrificios humanos para alejar un peligro, una carestía o una epidemia (17). Por todo ello, afirma el historiador norteamericano Lewis Hanke: La conquista de América por los españoles fue uno de los mayores intentos que el mundo haya visto de hacer prevalecer la justicia y las normas cristianas en una época brutal y sanguinaria (18).

En cuanto a las matanzas de los indios por los protestantes ingleses en Estados Unidos, veamos lo que dice el historiador calvinista Pierre Chaunu: La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana de la frontera oeste que tuvo lugar en el siglo XIX. La América protestante logró liberarse de este modo de su crimen, lanzándolo de nuevo sobre la América católica (19).

El especialista norteamericano Roy Pearce dice: En 1703 el gobierno de Massachusetts pagaba 12 libras esterlinas por cuero cabelludo, cantidad tan atrayente que la caza de indios organizada con caballos y jaurías de perros, no tardó en convertirse en una especie de deporte nacional, muy rentable… Se trataba de una práctica que en la América española no sólo era desconocida, sino que, de haber tratado alguien de introducirla, habría provocado no sólo la indignación de los religiosos, siempre presentes al lado de los colonizadores, sino también las severas penas establecidas por los reyes para tutelar el derecho a la vida de los indios (20).

Otro historiador francés Jean Dumont dice: Si por un imposible, España con Portugal se hubieran pasado a la Reforma, habrían aplicado los mismos principios que los puritanos en Norteamérica. Un inmenso genocidio hubiera borrado del mapamundi a la totalidad de los pueblos indios (21). 

Y es bien sabido que los reyes españoles prohibieron la esclavitud de los nativos de América y permitieron la esclavitud de los negros a pesar de las constantes y claras prohibiciones de los Papas desde los tiempos de san Gregorio Magno (siglo VI).

 ¿Valió la pena la conquista y evangelización de la América española? ¿Hubiera sido mejor dejarlos con sus prácticas crueles y con su atraso cultural? ¿Hubiera sido mejor que hubieran sido colonizados por los protestantes ingleses? Al menos, estos pueblos recibieron la luz del Evangelio, llevada con heroísmo y sacrificio por miles de misioneros católicos, que construyeron en sus conventos escuelas, universidades y hospitales para el progreso cultural y social de todos.

12
Alva Ixtlilxochitl (1578-1650) Historia de la nación chichimeca, Ed. Germán Vásquez, México, 1985, p. 60.
13
Citado por Jerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica indígena, BAE, Madrid, 1973, cap. V, 30.
14
Trueba Alfonso, Hernán Cortés, IUS, México, 1983, p. 100.
15
López de Gómara Francisco (1511-1560), Historia general de las Indias, BAE, México, 1946, p. 344.
16
Smith Robert, The other side of Christ, p. 23.
17
Messori Vittorio, Leyendas negras de la Iglesia, Ed. Planeta, Barcelona, 1996, p. 42.
18
Hanke Lewis, La lucha por la justicia en la conquista de América, 1949, p. 17.
19
Messori Vittorio, Leyendas negras de la Iglesia, Ed. Planeta, Barcelona, 1996, p. 22.
20
Ib. p. 28.
21
Dumont Jean, La Iglesia ante el reto de la historia, Ed. Encuentro, Madrid, 1987, p. 186.

Tomado del libro: El coraje de ser católico, del Padre Ángel Peña

lunes, 6 de julio de 2015

La Inquisición



Hay una serie de temas recurrentes, cuando se quiere atacar a la Iglesia. Uno de ellos es el de la Inquisición. A todos los que quieran profundizar en este tema les sugiero leer las Actas del Simposio internacional sobre la Inquisición, organizado por el Vaticano del 29 al 31 de octubre de 1998 y al que asistieron los principales especialistas en el tema, no solo católicos. Ya hemos hablado de Gustav Henningsen, pero podemos citar a otros como Adriano Garuti que dice: La pena capital era reservada al herético pertinaz o reincidente. Contrariamente a lo que se piensa, frecuentemente sólo un pequeño porcentaje de procedimientos inquisitoriales se concluía con la condena a muerte (3). El investigador Andrea de Col afirma que hay datos fidedignos que aseguran que de las tres sedes italianas de la Inquisición: Roma, Venecia y Aquileia-Concordia, el total de ejecutados fueron 128 y no los miles y miles de que habla la leyenda negra (4).

En cuanto a la Inquisición española, el especialista protestante inglés Henry Kamen reconoce: La humanidad y benignidad de la Inquisición española contrasta agudamente con las invariables ejecuciones de los acusados por los tribunales seculares españoles (5.) Las historias espeluznantes de sadismo, imaginadas por los enemigos de la Inquisición sólo han existido en la leyenda (6). Se celebraron centenares de autos de fe sin que se encendiera una gavilla (7).

En una época en que el uso de la tortura era general en los tribunales criminales europeos, la Inquisición española siguió una política de benignidad y circunspección. La tortura era empleada sólo como último recurso y aplicada en muy pocos casos. Las confesiones obtenidas por la tortura jamás eran aceptadas como válidas, porque evidentemente habían sido obtenidas por la coacción. Por lo tanto, era esencial que el acusado ratificara su confesión al día siguiente de haber sido torturado... Los archivos de la Inquisición son exhaustivos y completos al describir el curso de las sesiones de tortura. Cada palabra, cada gesto era anotado por el secretario presente. Como reportajes, estos relatos carecen de paralelo en su época… Comparándola con la crueldad deliberada y la mutilación practicadas en los tribunales seculares ordinarios, se ve con una luz mucho más favorable de lo que sus detractores se han molestado en admitir. Si se agrega a esto las relativas buenas condiciones de sus prisiones, queda claro que el tribunal, en su conjunto, no tenía interés por la crueldad y que intentó en todo momento temperar la justicia con un trato misericordioso (8).

Según los especialistas, aunque no hay cifras exactas, los muertos por la Inquisición española serían entre 1.500 y 2.000, pero en cuanto a las brujas sólo 100 en todo el mundo. Por eso, Henningsen dice: La exagerada suposición de que la Inquisición en siglo XV y XVI hubiera quemado a 30.000 brujas hace tiempo que ha dejado de tenerse en consideración, por la ciencia (9).

En España, Portugal e Italia, los tribunales civiles quemaron 1.300 brujas, que sumados a los 100 de la Inquisición, hacen un total de 1.400. En cambio, en Alemania, donde no había Inquisición y eran de mayoría protestante, las brujas quemadas fueron 25.000. En Inglaterra, según Henningsen, mataron 1.500 brujas. Por eso, dice el mismo Henningsen: La Inquisición fue la salvación de miles de personas acusadas de un crimen imposible (10). Y otro gran investigador inglés, Cecil Roth, afirma: Por este servicio a la humanidad y a la verdad (de librar de la muerte a miles de acusados de brujería), pues hubo unos 20.000 juicios llevados a cabo por los tribunales inquisitoriales, la Inquisición española merece la gratitud de todos los hombres civilizados (11). Por eso, podemos preguntarnos: ¿Hubiera sido mejor que no hubiera existido la Inquisición, cuyo cometido era definir claramente quién era hereje o no lo era para salvar a los que no lo eran de envidias o venganzas? Cuando se aclaraba que uno era hereje, se le daba la oportunidad de retractarse para salvarse. De haber sido juzgado en los tribunales civiles, hubiera muerto sin compasión, dado que ser hereje en aquellos tiempos era ser considerado como terrorista, enemigo del Estado, pues los países protestantes eran enemigos declarados de España y los piratas protestantes asaltaban sus colonias. De hecho, muchos herejes buscaban ser juzgados en los tribunales de la Inquisición, porque eran mucho más benignos y el tiempo de tortura, cuando la había, era máximo de una hora; no podía haber mutilación ni derramamiento de sangre, lo que no existía en los tribunales civiles de la época en todo el mundo. Si no hubiera existido la Inquisición en España para controlar la expansión de las doctrinas protestantes, ¿habría habido menos muertos? ¿Cuántos habrían muerto por las guerras de religión como en otros países europeos? ¿Y cuántas más brujas habrían muerto? Por eso, reconociendo que toda muerte o tortura fue un error y, admitiendo que pudo haber excesos como en toda obra humana, consideramos que el balance general fue muchísimo más positivo que negativo, como lo dicen los mismos especialistas en el tema. Sin la Inquisición, el mundo habría lamentado muchos más miles de muertos.

Ib. p. 415. 
Ib. p. 371. 
Kamen Henry, La inquisición española, Madrid, 1973, pp. 214-215. 
Ib. p. 188. 
Ib. p. 204.
8
Kamen Henry, La Inquisición española, Ed. Crítica, Barcelona, 1979, pp. 187-190.
9
Ib. p. 576.
10
Ib. p. 594.
11
Roth Cecil, La Inquisición española, 1999, p. 163.

Tomado del libro: El coraje de ser católico, del Padre Ángel Peña

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